Un Adolescente Se Convierte en Víctima a los 19 Años

“Me llamo César Bermúdez. Nací y me crié en San Francisco, en el Distrito de la Misión”.

Hace dos años, un adolescente se presentó ante la cámara después de haber ensayado varias veces. Era parte del equipo de Conscious Youth Media Crew (Equipo de Jóvenes Conscientes en los Medios de Comunicación), un estudio de producción digital de San Francisco que estaba grabando entrevistas como práctica de producción.

Si pudiera regresar en el tiempo y observar en la mirilla de la cámara, hubiera visto a un muchacho alto y grande de 16 años de edad que por los nervios se movía en una silla mientras sin salirse del recuadro; con su corte de pelo a ras y el contorno cuadrado del nacimiento del cabello le enmarcaba los ojos que miraban el cuarto por todos lados.

La persona detrás de la cámara le hacía preguntas serias. Bermúdez pensaba sobre las preguntas con detenimiento y evitaba la presión con una risa nerviosa. Cuando se le preguntó qué lo inspiraba, pareció no estar seguro. Después, brotó una voz más clara.

“Las cosas que me inspiran son todas las personas que nunca se han dado por vencidas conmigo”, dijo Bermúdez. “En especial mi mamá, mis orientadores escolares, mis tíos, toda mi familia… mis primos —todas las personas que no se han dado por vencidas conmigo”.

El 23 de febrero de 2010, Bermúdez grabó tan sólo ocho minutos de cinta. Cuando ese día se fue de la oficina de Conscious Youth Media Crew, se descargaron los archivos en una computadora para un proyecto ordinario que nunca se terminó. En el disco duro había un consejo que permanecía oculto.

“Primero es la obligación y después la devoción”, dijo Bermúdez mientras se recargaba contra una pared llena de colorido rayones. “Si se está en la calle perdiendo el tiempo, primero hay que terminar la preparatoria. Un día voy a querer un trabajo, y voy a querer más que el salario mínimo”.

El 24 de octubre de este año, Bermúdez falleció en la acera después de un baño de balas justo cuando el sol se ponía en el Distrito de la Misión. Este año, la muerte de Bermúdez, de 19 años de edad, fue el 58vo homicidio denunciado en San Francisco. Sin embargo, es más que una cifra. Enfrente de su cuerpo estaba el edificio de departamentos que se convertiría en el sitio de un altar que sus amistades y familiares prepararon, todas las personas que nunca se dieron por vencidas con él. Estas personas visitaron su altar diariamente cuando se erigió en la cuadra 2800 de Harrison. Hoy día, lo único que queda del altar en la acera es una porción manchada de cera roja y blanca; lo que quedó después de una semana de duelo y recuerdos, y un sangriento asesinato.

La Familia

“En las últimas dos semanas, lo vi actuar diferente”, dijo Esperanza Bermúdez, madre de César, quien habló por la familia. “Estaba triste, pero su cara no estaba triste”.

La última vez que vio a su hijo fue la mañana en que falleció. Antes de irse de la casa, ella echó un vistazo en su recámara. Bermúdez se había quedado dormido hasta tarde.

“Ese día no me llamó”, dijo la madre, “y yo tampoco lo llamé”.

La madre habló mientras estaba sentada en una pequeña silla colocada en medio de la sala de su departamento a los pocos días después de que su hijo falleció. Una caja llena de fotografías de su hijo que mostraban su vida se encontraba a sus pies. La reciente noticia de la muerte de su hijo se escuchaba todavía flamante en su voz. Esperanza tiene una fortaleza proveniente de haber dado a luz a tres hijos en una gran ciudad, una fortaleza que invocaba cuando se le pedía que hablara sobre la vida de su hijo muerto ante una persona extraña que su hijo nunca conoció.

Esperanza Bermúdez fue una de las primeras personas en saber el día en que César murió que algo estaba mal, aunque no sabía exactamente qué había pasado hasta que llegó a la calle Harrison. Casi quince minutos después de la balacera, la tía de César tocó el timbre.

“Me dijo: ‘Prepárate. Tenemos que irnos pronto. Es César’”, recontó Esperanza. “Y eso fue lo único que me dijo, y mi hija ya sabía que lo habían matado, pero no me dijo eso. Pensé que tal vez lo habían golpeado”.

Esperanza agarró un suéter, su medicina para la diabetes, en caso de que la necesitara, y se fue con su familia. No dejaba de preguntar: “¿En dónde está César? ¿En donde está?” No le contestaban.

Se aproximaron a la calle Folsom y vieron la plaza Garfield.

“Vi el parque y me acordé que no me gustaba que él solía pasar su tiempo ahí”, dijo Esperanza. “Y me di cuenta que no íbamos al hospital, y dije: ‘¿Dónde está César?’ Y me dijeron: ‘Pronto vas a ver’”.

Al llegar a la cuadra 2800 de Harrison, Esperanza preguntó si su hijo estaba muerto. Ahí, por fin le contestaron. Esperanza lloró, consternada e inconsolable.

Desesperada por querer ver a su hijo, Esperanza rompió la bolsa que amortajaba el cuerpo para saber que realmente era el cuerpo de César. Hasta casi las nueve de la noche, la policía mantuvo la bolsa que guardaba el cuerpo de su hijo más chico en el lugar de los hechos.

César Bermúdez nació en el verano de 1993. En una fotografía de él en su infancia se le ve en una fiesta vestido con un traje impecablemente blanco y una gran sonrisa. Fue el último hijo que nació en la familia Bermúdez, tímido pero cariñoso, dijeron aquellos cercanos a él. Era listo, introspectivo y profundo, añadieron, aunque nunca sobresalió en la escuela.

Le encantaban los Gigantes, los deportes, sus amigos, la música y los tamales. En su cumpleaños número 19, el último, le dijo a su mamá que no quería ningún regalo, más que una gran cena de tamales.

La caja de fotografías de Esperanza documenta la corta vida de César. Las fotografías muestran una vida llena de unión familiar. Cada suceso se celebraba con una gran fiesta y con su familia reunida a su alrededor.

Su mamá y su papá están casados. Trabajan duro en la industria del servicio para mantener a sus hijos. César dejó a algunas sobrinas y sobrinos que se parecen a él cuando era niño y que jugaban y corrían alrededor de su abuela Esperanza, sin saber que la abuela hablaba sobre su tío. La línea del tiempo en esa caja de fotografías se termina alrededor de la época en que César grabó el video. César no quería salir en las fotografías, y le había pedido a su mamá que no le tomará más.

En su velatorio realizado en la funeraria sobre la calle Valencia, César estaba en un ataúd abierto del mismo color que el pequeño traje que alguna vez vistió para eventos especiales. A la derecha, una pantalla con una proyección en grande mostraba las fotografías de la caja de Esperanza para que todo mundo las viera.

La gente traía listones blancos con el nombre de César en letras de molde de plástico en color blanco y dorado. Esperanza se acercó al ataúd llorando y agarrándose a su hijo sin dejar de preguntar por qué.

“¿Por qué, César, por qué?, preguntaba. El papá de César estaba de pie con una pena en silencio.

Entre la colección de fotografías personales había un boleto de Muni del día en que César nació y que un pariente le dio a Esperanza de buena suerte. Lo que sobresale en esta pila de recuerdos es un artículo reciente del periódico San Francisco Chronicle sobre la muerte de César.

La Comunidad

El día después de la muerte de César, más de dos docenas de personas en el Centro Mission Beacon se reunieron para planear una respuesta de la comunidad ante el reciente aumento de violencia en la Misión. La muerte de César fue la tercera en el barrio en una semana.

Siete días después, Greg Suhr el Jefe de la Policía de San Francisco se reunió con la prensa en la oficina del Ayuntamiento del Supervisor David Campos. Ellos también estaban presentes para hablar del reciente aumento de violencia en las calles de la Misión. Del otro lado de la ciudad, la familia de César se preparaba para reunirse en la funeraria en Valencia.

“La víctima estaba con otra persona, y estaban afuera cuando los sospechosos se les acercaron y básicamente abrieron fuego”, precisó Suhr, el Jefe de la Policía, sobre la muerte de César ante una sala llena de periodistas. “Creemos que él era el blanco previsto y que era muy, muy personal. La información que nuestro equipo antipandillas tiene es que esto fue una disputa personal dentro de la pandilla a la que el Sr. Bermúdez pertenecía”.

Desde la perspectiva de los periodistas con micrófonos en mano presentes en la sala para recabar su noticia diaria, César Bermúdez era un pandillero que murió a causa de violencia de pandillas. Las balas fueron para él, y más tarde en las noticias de la noche ese fue el final de la noticia.

“¿Cree que el cambio en la cultura del Distrito de la Misión, la elitización, tiene algo que ver con el reciente aumento de violencia? ¿Es una respuesta a lo que sucede a su alrededor?” le preguntó un periodista al Jefe Suhr.

La respuesta fue no. La pregunta, no obstante, facilitó la comprensión de cómo se cuenta hasta el cansancio la narrativa de violencia de pandillas al público, a menudo a través del lente de los estereotipos de clase.

El caso sigue abierto, y Bob Moser, Capitán de la Estación de la Misión, y el Jefe Suhr se negaron a comentar sobre la razón del asesinato de César Bermúdez.

El joven presente con Bermúdez esa noche también se negó a dar comentarios para este artículo. “Él era mi amigo”, dijo. “Y simplemente no me siento bien hablando de eso en este momento”. Él fue una de las tres personas que vio a César en los últimos momentos de su vida.

Las otras dos personas son los sospechosos en el caso del asesinato, y todavía falta que den a conocer sus nombres.

Las amistades que conocían a César, y aquéllos que saben lo que es crecer en la Misión, también tienen miedo, también tienen vergüenza o también están sorprendidos como para admitir para este artículo que César estaba en una pandilla. No obstante, sí advirtieron que si esta noticia se contaba se evitara el uso de la frase “se juntó con la gente equivocada”.

Para muchachos como César, la “gente equivocada” es a menudo aquella que está compuesta de muchachos de la escuela, o del mejor amigo que vive en la misma calle. Estos muchachos son la gente para jóvenes que se criaron como César. Es difícil dejar el propio entorno a la edad de 16.

No obstante, a César Bermúdez se le puede dar crédito por tratar de evitarlo la mayor parte de su vida. Hace dos años antes de la cámara, César habló cándidamente sobre sus batallas en la escuela.

“La verdad es que nunca he podido mantenerme al tanto en la escuela”, dijo Bermúdez en el video. “Una vez, comencé la secundaria, empezó a irme mal. En el séptimo año, me expulsaron de la escuela. Me cambié a una secundaria diferente, y comencé bastante bien hasta que, bueno, comencé a conocer a más gente… hasta que comencé a, bueno, dejar de ir a la escuela y dejó de importarme”.

En el video, César también cuenta ante la cámara algo que la gente tal vez no sabía de él: que estaba muy interesado en aprender sobre video y producción de audio. César tomó un curso escolar en la preparatoria John O’Connell que enseñaba Chris Runde de la Coalición de Video del Área de la Bahía (BAVC, por sus siglas en inglés). Después, Runde lo alentó a que trabajara directamente con la coalición, y César estuvo de acuerdo.

“Era en realidad un joven muy callado, pero desarrollamos una buena relación”, dijo Chris Runde, profesor de producción de audio en BAVC. “En mi opinión personal y sin realmente conocer cuál era su situación en su casa, pero parecía un poco triste, y parecía alguien a quien no le gustaba mucho la escuela. Pero conmigo, cuando hacía preguntas eran preguntas muy buenas”.

Fue a través de estas clases de producción de audio que Bermúdez encontró inspiración y que pudo echar un vistazo a lo que podría haber hecho con su futuro.

“Una meta personal es terminar la preparatoria”, dijo Bermúdez. “Y seguramente ir a la universidad. Seguramente en este momento, quisiera estudiar producción de audio… sí, eso es”.

Runde recuerda un momento muy importante de su relación alumno-mentor a comienzos de su tiempo en John O’Connell. Lo llamaron a una reunión de padre y alumno con Bermúdez y su madre, Esperanza.

“Esencialmente, todos los otros profesores tomaron la oportunidad de decir cuáles eran sus impresiones”, dijo Runde. “Me sentí muy mal por él porque nadie dijo nada positivo. Y lo que escuché, fue una impresión diferente de lo que yo experimenté con mis interacciones con él. Estaba feliz de poder ser una persona en la sala que tenía algunas cosas positivas qué decir, y creo que lo apreció”.

Después de algunos semestres, Bermúdez terminó por dejar de ir a la BAVC, pero Runde lo seguía viendo pasar su tiempo en la calle con sus amigos, a sólo unas cuadras de su oficina.

“A menudo lo veía pasando el tiempo, y se veía medio avergonzado porque sabía que no había dado seguimiento, pero yo lo seguía alentando a que regresara”, dijo. “Es muy extraño caminar por ahí ahora, saber que nunca lo voy a volver a ver. Muy extraño, muy triste”.

En los dos años que Runde conoció a Bermúdez, lo guió a través del proceso de hacer ritmos. Los ritmos favoritos de César eran los sonidos locales mejor conocidos como 808s con una bajo resonante y un sonido oscuro y pesado, y melodías hyphy, un estilo de hip hop del Área de la Bahía. Esta fue una habilidad en la que Bermúdez podía sobresalir.

“Estaba realmente tratando de capturar los sonidos de sus propios héroes”, dijo Runde mientras escuchaba a través de grandes bocinas parte del trabajo inicial de César. “Hubiera sido interesante si hubiera decidido ir más allá para ver qué podría haber logrado”.

Tómelo de Alguien Que lo Sabe

En los días después de la muerte de César, el departamento de su familia se convirtió en un homenaje a él. En la puerta de su recámara había un crucifijo colgando a color que medía dos pies. Su madre Esperanza abrió la puerta del clóset en donde tenía la ropa de César, casi todo playeras deportivas y pantalones y algunas gorras de los Gigantes. Al cerrar la puerta del clóset, Esperanza dijo “y ahí es donde se van a quedar, por siempre”. En la sala principal había un grupo de velas prendidas para él, y más gorras colgaban encima del pequeño altar; también había discos apilados en la mesa. Los discos se veían usados de tanto escucharlos, y algunos le faltaban las notas de fondo. Uno de los discos de encima llamaba la atención, un disco de Big Rich en una caja rayada de joyas. Esperanza lo señaló y dijo que ese era su favorito. César era un gran admirador.

Richard Bougere Jr., o Big Rich, es un artista de hip hop del Área de la Bahía conocido por tributos de San Francisco como “el Himno de San Francisco”. Rich creció al norte de César en el Distrito Fillmore, y de joven conoció el tipo de escena callejera que terminó con la vida de César. Pero también él tuvo la música, como César.

A los 15, recordó Big Rich, un miembro de su grupo musical hizo un gran espectáculo de talento para hacer un negocio riesgoso en la calle. Ese fue el momento en el que sus caminos se separaron: Rich escogió la música y se mantuvo a flote. Es un camino que desea que su admirador César hubiera escogido.

Hoy día, Big Rich se encuentra en un estudioo a prueba de sonido enfrente de un grupo de adolescentes. Rich tiene una familia y a estos muchachos, a quienes aconseja a través del proyecto LEVEL, un programa completo de la industria musical para menores con el objetivo de darle a los muchachos una salida para expresar sus talentos artísticos. Es un ambiente en el que dijo que pensaba que César prosperaría.

Una de los jóvenes artistas musicales es una cantante llamada Verónica. Acaba de terminar las pistas vocales para una nueva canción en la que está trabajando. La entrevista con Big Rich se ha convertido en una discusión de grupo sobre lo que es criarse en San Francisco con la etiqueta de estar “en riesgo”.

“Algunas veces uno no puede escoger con quién salir. Es en lo que uno nace, o es lo que uno conoce”, dijo Verónica. “Es fácil para un desconocido decir ‘ah, estás con la gente equivocada’.  Sobretodo en la cultura hispana, estos “pandilleros”, son nuestra familia, son nuestros primos, son nuestros tíos. Quiero decir que es difícil”.

Algunos de los muchachos en la sala dijeron conocer a César o que escucharon de su muerte. Las noticias viajan rápido en la Misión, y en todo San Francisco, y se completó el círculo con uno de sus héroes musicales.

“Es por eso que quisiera que lo hubiéramos tenido, que lo hubiéramos tenido antes de que sucediera. Porque aquí, es como, no nada más están a salvo sino que tienen una dirección”, dijo Big Rich.

“Al crecer en el Fillmore y en la Misión, tenemos opciones limitadas”, dijo. “No tienen una oportunidad. Cómo pueden a los 17 o 18 decir ¿‘eso no me parece’? Ni siquiera lo saben; sus cerebros todavía se están desarrollando. Pero es como siempre digo, sin importar qué, al final del día, depende de uno el querer romper el ciclo”.

Big Rich veía a cada uno de sus alumnos sentados en el piso enfrente de él, en silencio y escuchando una conversación que se trataba de sus vidas, y sobre una opción que estaba ahí esperándolos.

“Eso es lo que siempre intento inculcarles”, dijo. “Cuando las cosas se ponen difíciles o cuando las cosas se ponen duras, lo único que me va a sacar seré yo mismo”.

 

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