Hasta los alumnos de secundaria de la Misión tienen estrategias sobre cómo sentirse seguros: usar colores neutrales, irse directo a casa, pasar el tiempo con personas que uno confía.

Al salir de la escuela a las 6 de la tarde, dijo un muchacho de 12 años, “camino rápido y comienzo a correr”.

“No estamos asustados, sólo somos precavidos”, dijo otro muchacho, “sabemos en donde no hay que estar”.

El pasado martes, la Misión fue testigo de dos balaceras mortales en un periodo de 24 horas. Sin embargo, sin sentirse displicente ante la violencia los residentes tanto adultos como jóvenes estaban sorprendentemente tranquilos. Algunos opinaron que estarían todavía más al pendiente. Todos tenían métodos para evitar el peligro.

Para la mañana del pasado lunes, la policía había informado de una tercera balacera mortal que aumentó la cifra de homicidios en lo que va del año a cuatro (uno menos que el total de los que hubo en 2010).

“Los asesinatos me hacen estar más al pendiente de estas cosas que todavía suceden en la Misión”, dijo Steve Ramírez quien tiene alrededor de 20 años de edad y creció en el barrio. Él también se mantiene alejado de las calles que no conoce y de la gente en la que no confía.

Las tácticas de las que hablaron los alumnos de secundaria parecían ser similares a muchos métodos de los residentes adultos. Una barista de Philz Coffee que ha vivido en la Misión desde hace 15 años dijo no salir sola de noche. Y Bertha, una mujer que nació aquí y crió a tres hijos en el barrio describió una política de salir a la calle como algo que ella describe como “un medio ambiente duro”.

Denise, quien se acaba de mudar de Nueva York, dijo “camino por las calles principales en lugar de tomar atajos”.

Algunos toman medidas más drásticas: “creo que la mayor parte de las muchachas en San Francisco llevan cuchillos”, dijo Mercedes Navarro de 27 años de edad, empleada de la Heladería Bi-Rite, “en especial si se pasa mucho tiempo sola de noche”.

Los hombres también han tenido que evitar confrontaciones y problemas. Carlos Ángeles, padre de familia de 30 años de edad, dijo tratar de llegar a casa a la 8 de la noche. “Trato de no ser muy macho”, precisó.

Un empleado, de 25 años de edad, cerca de la tienda de abarrotes de la avenida Potrero dijo evitar caminar por el BART. “Prefiero que me recojan”, dijo.

Oscar Escobar, quien es propietario de una empresa pequeña cerca de South Van Ness y la calle 16, se mantiene al tanto de los delitos que aparecen en los informes de noticias. “Si veo que las área están cerca de mi ciclovía, tomo otro camino”, dijo.

Muchos de las más de tres docenas de residentes de la Misión o trabajadores entrevistados se sentían aliviados de creer que las pandillas tenían como blanco a otros pandilleros.

Eso sucedió no ser el caso para la primera víctima de asesinato Gaspar Puch-Tzek. El cocinero de Hog & Rock sobre la calle 19 y San Carlos acababa de terminar un turno a las 12:30 de la madrugada. El martes, dos sospechosos se le acercaron y le preguntaron a qué pandilla pertenecía. Su respuesta fue que a ninguna, pero uno de los hombres le disparó de todas formas, informó la policía quienes consideran que Puch-Tzek fue una víctima inocente.

Veintitrés horas más tarde, Edson Lacayo de 29 años de edad, recibió un disparo y murió asesinado cerca de su hogar en la cuadra de numeración 800 de la calle Hampshire cerca de la calle 20. El cuerpo especial antipandillas está investigando los dos tiroteos del martes.

Varios residentes de la Misión también expresaron que la mayor parte de la violencia sucede al este de la calle Misión, en donde el territorio de pandillas se ve más peleado, lo que probó ser cierto con los homicidios del pasado martes. Sin embargo, el tiroteo del lunes sucedió al oeste de la calle Misión, en la calle Camp cerca de las calles 16 y Guerrero.

Y aunque los asesinatos del martes sucedieron dentro del territorio de pandillas, dicho territorio es cada vez más uno sin fronteras. Los nuevos restaurantes, cafés y negocios coexisten en las mismas cuadras que reclaman las pandillas: Hog & Rocks es un buen ejemplo ya que está dentro del territorio Sureño, pero también lo son cualquier cantidad de lugares nuevos y viejos que son populares entre los residentes y los recién llegados.

Además, el intentar separar las cuadras que reclaman las pandillas del resto de la Misión es imposible ya que las bienes raíces asociadas con Sureños y Norteños cubren más del 50 por ciento del barrio.

El mapa del cuerpo especial antipandillas.

Andy García, de 22 años de edad, trabaja en uno de los nuevos lugares, Gracias Madre sobre las calles Misión y 18, es el restaurante para vegetarianos estrictos que está a una cuadra del tiroteo de las calles 17 y Misión que estuvo relacionado con pandillas el pasado mes de febrero.

No obstante, en lugar de preocuparse por pandillas, García precisó estar más preocupado por que no le den propinas.

Su consejo para estar a salvo es “camine sobre Valencia tan pronto como pueda”.

Jeff Burnell, quien tiene un negocio de hierro sobre Valencia a tan sólo tres cuadras de Gracias Madre, estuvo de acuerdo. “La Misión y Valencia son dos mundos diferentes”, dijo.

Pero Burnell también sabe lo rápido que pueden chocar esos mundos. Dos patinetos lo agredieron el año pasado cerca de su local después de haberles pedido que dejaran de patinar ruidosamente en la cuadra.

En lugar de irse, le rompieron el labio y Burnell perdió cuatro dientes. Una amistad llegó a asistirle y recibió un golpe en la nuca lo suficientemente fuerte como para haberle causado una hemorragia cerebral. “Me podrían haber matado con sus patinetas”, dijo.

Un alumno de la preparatoria Misión señaló que en su barrio Bayview en donde la policía ya ha informado de siete asesinatos en lo que va del año, es mucho más peligroso. “Vemos esta mierda todos los días”, dijo, “no es nada nuevo”.

Un estudioso hombre de alrededor de 20 años de edad que estaba en el Parque Dolores, aclaró que su barrio, el Sunset, es mucho más seguro. De lo único que se tiene que preocupar es, precisó, “que no funcione el tren N”.

Pero aquí, hasta los adolescentes saben que hay más riesgo.

Un alumno de secundaria de 12 años de edad dijo que una vez dos Norteños lo detuvieron y le preguntaron si era Sureño. “Tenían una pistola”, dijo.

Les contestó que tenía 11 años. Muy joven, decidieron los Norteños, y lo dejaron solo.

Incluso así, sus papás se preocuparon. Verónica Lomelí dijo que uno de sus cuatro hijos comenzó a pasar tiempo con la gente equivocada y lo tuvo que transferir a otra escuela fuera de la Misión. “La trabajadora social me ayudó y he visto el cambio”, dijo, “la gente dice que las escuelas no se ven afectadas, pero sí sucede”.

Aunque ninguna de las personas que se entrevistaron parecían en pánico, se puso en claro que vivir en un área urbana puede tener secuelas. Algunos adolescentes actúan como si fueran más fuertes de lo que su edad supone, incluyendo a una muchacha de 15 años de edad de la preparatoria Misión. “No tengo nada de que tener miedo”, dijo, “he visto a mucha policía afuera y tienen que estar haciendo su trabajo en lugar de decirme qué hacer”.

Mientras tanto, la policía ha estado en alerta. También lo han estado los tres hombres de Servicio de Emergencia Médica de la Misión quienes opinaron que “oramos por que pase lo mejor”, dijo uno, “y esperamos lo peor”.

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Andrea hails from Mexico City and lives in the Mission where she works as a community interpreter. She has been involved with Mission Local since 2009 working as a translator and reporter.

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